8 de mayo 2013 Sesión número 1421 EL CAPITAL

untitledTítulo original: Le Capital. Director: Costa-Gavras (2012). Nacionalidad: Francia. Productor: Michèle Ray-Gavras. Argumento: la novela “Le capital”, de Stéphane Osmont. Guion: Costa-Gavras, Jean- Claude Grumberg y Karim Boukercha. Fotografía: Eric Gautier Dirección artística: Sébastian Birchler. Música: Armand Amar. Montaje: Yannick Kergoat y Yorgos Lamprinos Actores: (Marc Tourneuil), (Dittmar Rigule), (Diane Tourneuil), Céline Sallette (Maud Baron), (Nassim), (Raphäel Sieg), Daniel Mesguich (Jack Marmande), Bernard Le Coq (Antoine de Suze), Olga Grumberg (Claude Marmande) Duración: 114 minutos Versión original con subtítulos en español 

 

Historia del imparable ascenso de Marc Tourneuil, un prescindible sicario del capital que se convierte en su indiscutible amo y señor. 

Constantin Costa-Gavras (Atenas, 1933) en 1949, tras obtener el título de bachiller, estudia letras en Paris y se inscribe en el IDHEC. Trabaja como ayudante con Clair, Clément, Demy y Giono. Dirige su primer largo en 1964. Ahora, cincuenta años después de su debut, sigue siendo uno de los más claros referentes de lo que en la segunda mitad del siglo XX (y lo que llevamos del XXI), tras el desastre moral e ideológico que vino a ser la segunda guerra mundial, se llamó cine político o cine militante. Es decir, el de unos cineastas que asumieron como principio ético el de llevar a través de sus películas una carga ideológica que pusiera de manifi esto la vigencia de principios como libertad, democracia, dignidad, igualdad. No solo basta con que existan o sepamos que existen, sino que hay que proclamarlos y situarlos frente a la intolerancia, el totalitarismo, la intransigencia, las humillaciones personales. En películas emblemáticas como Z (1969, oscar a la mejor película de habla no inglesa), Estado de sitio (1973) o Missing (1982, oscar al mejor guión), Costa-Gavras no sólo llevó a cabo una lúcida y emocionante manifestación de esos principios, sino que lo hizo, además, a través de una envoltura formal, cinematográfi ca, de excelente calidad. Nacido en Grecia pero formado en la sensibilidad francesa, allí conoció a Jorge Semprún, con el que colaboró en varios guiones. En su repertorio ideológico no hay distinciones entre izquierdas o derechas: el nazismo, el stalinismo, el racismo, la dictadura chilena, han sido por igual objeto de tratamiento en su fi lmografía. Es una fi delidad ideológica, más aún, ética, que tiene su exacta aplicación en esta película, absolutamente vinculada a las situaciones que estamos viviendo, porque, en palabras de Costa-Gavras, «Somos esclavos del capital. Nos tambaleamos cuando se tambalea. Nos regocijamos cuando crece y triunfa. ¿Quién nos liberará? ¿Deberíamos liberarnos nosotros? Deberíamos conocer al menos a los que lo sirven y cómo lo hacen».Estamos, en efecto, ante un relato de fi cción que podríamos relacionar de inmediato con la famosa crisis que nos abruma, solo que la novela de Stéphane Osmont en que se basa la película fue publicada cuatro años antes de que estallaran los escándalos bancarios que nos han conducido hasta aquí. Pero ahí están ya, como elementos premonitorios de lo que vendría en seguida, la globalización, la avaricia sin límites de los poderosos, el predominio ciego del dinero, la ocultación de los valores humanistas que formaron durante siglos la base de nuestra sociedad, la corrupción, el egoísmo, la impotencia de unos políticos que anteponen intereses particulares o empresariales al famoso servicio al público que casi ninguno practica. En El Capital (desde luego, un título muy simbólico, conociendo la fi liación izquierdista de Costa-Gavras) está la inmoralidad de los poderosos, sean banqueros o especuladores, el vacuo discurso de políticos impotentes para orientar la actividad social pero, sobre todo, está la avaricia bajo cuyos principios sin límites han actuado esos poderosos, donde quiera que militen, que desfi lan con total desvergüenza por la pantalla, haciéndonos ver, de manera palpable, la dimensión de la pregunta que todos nos hacemos diariamente, leyendo los periódicos o viendo los telediarios: dónde estará la línea roja que ponga límites a tanda desvergüenza, practicada por unos y consentida por otros.

 

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