Bélgica

LA CHICA DESCONOCIDA, EN EL CINE CLUB CHAPLIN

El Cine Club Chaplin reanuda su programación habitual este miércoles, día 19 de abril, con la proyección de la película La chica desconocida, dirigida por los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, dos belgas poseedores de un peculiar estilo narrativo muy característico en el que se aúnan su afición por relatos de corte naturalista con fuerte carga social con una realización fílmica muy directa que contribuye a cimentar su prestigio como testigos y cronistas de nuestro tiempo.

Ello queda de manifiesto en La chica desconocida que tiene como protagonista a una médico que, una noche, oye el timbre de la puerta de su casa pero decide no abrir; al día siguiente encuentra cerca de allí a una joven de origen africano, muerta y confirma que era la persona que había llamado, seguramente en demanda de ayuda, lo que ocasiona en la mujer una profunda crisis de conciencia que pretende limpiar averiguando cuanto pudiera saber sobre la joven muerta.

La chica desconocida tiene una duración de 106 minutos y se proyectará este miércoles, día 19, en versión original subtitulada, a las 17, 19,30 y 22 horas, en la Sala Cinco de Multicines Odeón Cuenca.

26 de febrero 2014: UN CERDO EN GAZA

image001Nacionalidad: Francia, Alemania, Bélgica. Director: Sylvain Estibal (2011). Actores: Sasson Gabay (Jaffar), Baya Belal (Fatima), Myriam Tekaïa (Yelena), Gassan Abbas (Slim), Khalifa Natour (Hussein), Ulrich Tukur (oficial). Duración: 98 minutos Versión original con subtítulos en español.

 

Gaza está en Palestina, junto a Israel. Allí viven, sobre todo, musulmanes y judíos, que llevan siglos a la gresca pero que coinciden en una cosa muy curiosa: la generalizada aversión al cerdo, ese animal tan querido por los cristianos, a los que obsequia generosamente con toda clase de riquísimos productos. ¿Qué hace un cerdo en Gaza, un territorio claramente hostil para él? Aunque también podríamos preguntarnos: ¿qué hacer en Gaza con un cerdo? El resultado es una comedia inteligente, nada sutil, abierta, generosamente planteada, con el inevitable telón de fondo que marca un conflicto secular, al que se superpone, siempre, la vida cotidiana, que tiene sus reflejos condicionantes, tan alejados de la alta política. Rodada con óptica europea aunque con sensibilidad palestina esta es una de esas obras menores, sin estridencias, pero con un fortísimo calado sentimental y humanístico.

Horario de las sesiones: 17, 19,30 y 22 horas.

Información completa sobre la película, en el programa de febrero: descargar pdf

EL NOMBRE 16 de enero

nombreTítulo original: Le prénom. Directores: Matthieu Delaporte, Alexandre de la Patellière. Nacionalidad: Francia y Bélgica. Productores: Dimitri Rassam y Jérôme Seydoux. Guion: Matthieu Delaporte. Fotografía: David Ungaro. Diseño de producción: Marie Cheminal. Música: Jérôme Rebotier. Montaje: Célia Lafi tedupont Actores: Patrick Bruel (Vincent), Valérie Benguigui
(Élisabeth), Charles Berling (Pierre), Judith El Zein (Anna), Guillaume de Tonquedec (Claude), Françoise Fabian (Françoise).
Duración: 109 minutos Versión original con subtítulos en español
Vincent, cuarentón y triunfador, va a ser padre por primera vez. Invitado a cenar a casa de su hermana, se encuentra con Cladde, un amigo de la infancia. Mientras esperan a Anna, la joven esposa de Vincent, en un ambiente de buen humor le hacen preguntas sobre su próxima paternidad. Pero cuando le preguntan si ya ha elegido un nombre para el niño, su respuesta provoca el caos.

Todas las familias se llevan bien y son felices hasta que dejan de serlo y ello puede suceder en cualquier momento, por el pretexto más inesperado. Los conflictos familiares ofrecen, desde siempre, materia abundante para la construcción de buenas comedias (o dramas: ¿qué es, sino un conflicto familiar, enorme y desgarrado, Hamlet?) que tanto en el teatro como en el cine ayudan a meditar sobre la condición humana a partir de planteamientos basados en la ironía y la sátira que, si bien producen la inmediata sonrisa en el espectador suelen dejar un poso latente dirigido hacia otro tipo de consideraciones más profundas.

En el caso que nos ocupa, todo iba bien hasta que Vincent dice el nombre que ha pensado para su criatura aún no nacida. No se desvela aquí ningún profundo secreto al adelantar que el nombre en cuestión es Adolfo. La referencia, que podría ser aceptada inocentemente en cualquier otra circunstancia, en este caso viene a ser como una bomba que provoca múltiples interpretaciones en el seno familiar hasta derivar en una abierta discusión, al borde de llegar unos y otros a la violencia, tras pasar por una desaforada serie de comentarios equívocos, confesiones ocultas, pullas indirectas, susceptibilidades y todo aquello que sirve para poner al descubierto las intimidades que se encierran en cada núcleo humano.

Inspirada en una obra teatral de los propios directores, la acción de la película permanece siempre estable en la casa de la pareja que hace de receptores de las visitas y que se convierte así en un trasunto físico del conjunto familiar.

Como ha escrito Julio Rodríguez Chico “allí se destapa la caja de los truenos familiares para sacar a la luz viejos rencores y secretos inconfesados, para darnos todo un repertorio de juicios viscerales y de comentarios de lo más inoportunos. En un santiamén, queda clara la facilidad del individuo para sacar las cosas de quicio y complicarse la vida, para generar tragedias a partir de las cosas más nimias e intrascendentes, para convertir lo anecdótico en un nuevo motivo de discusión. Todo sucede muy rápido porque los afi lados diálogos se cruzan sin que nadie actúe de moderador, porque las reacciones se suceden sin el freno de mano echado, encadenando invectivas que reflejan lo peor de cada uno y también lo mejor. Es cierto que falta sutileza y sobra efectismo en la historia, que se subrayan en exceso las situaciones cómicas y los caracteres esquemáticos, que el recurso a varios insertos en flashback son un camino fácil y desentonan del tono general, pero la cinta atrapa al espectador y le hace pasar un rato agradable”.

25 de abril. LA FUENTE DE LAS MUJERES

Título original: La source des dames. Nacionalidad: Bélgica, Italia, Francia. Dirección: Radu Mihaileanu (2011). Producción: Radu Mihaileanu, Luc Besson, Denis Carot, Gaetan David, André Logie y Marie Masmonteil. Guión: Radu Mihaileanu y Alain- Michel Blanc. Fotografía: Glynn Speeckaert. Diseño de producción: Christian Niculescu. Música: Armand Amar Actores: Leïla Bekhti, Hafsia Herzi, Biyouna, Salek Bakri, Sabrina Ouazani, Hiam Abbass, Mohamed Majd Duración: 135 minutos

Versión original con subtítulos en español

 

En un pequeño pueblo, en algún lugar entre el norte de África y Oriente Medio, la tradición exige que las mujeres vayan a buscar el agua a la fuente que nace en lo alto de una montaña, bajo un sol ardiente. Pero un día, Leila, una joven casada, propone al resto de mujeres una huelga de amor: nada de sexo hasta que los hombres colaboren en el traslado del agua hasta la aldea.

La histórica confrontación entre hombres y mujeres ha dado lugar a varios episodios en los que, para castigar algún tipo de agravio de los primeros, el colectivo femenino recurre a castigar o reprimir lo que, según parece, es el objetivo principal de los hombres, o sea, mantener relaciones sexuales de manera continua. Visto así, el planteamiento de La fuente de las mujeres no es en exceso original, pues incide en una línea ya conocida, pero no todo queda ahí, ni mucho menos, y ese es el gran mérito de Radu Mihaileanu, un director conocido por la severidad de sus propuestas pero que aquí viene a realizar su película más amable y colorista.

Radu Mihaileanu (Bucarest, 1958) nació en el seno de una familia judía. Su padre, Mordechaï Buchman, comunista y periodista, al volver de los campos de trabajo nazis, cambió su nombre por el de Ion Mihaileanu. Con ese nuevo patrónimo, se incorpora a una compañía teatral como autor, actor y director de escena, trabaja como actor en el Teatro Yiddish de Bucarest y comienza a escribir relatos hasta que en 1980 huye de la dictadura de Ceaucescu. Pasando por Israel, se va a Francia, donde ingresa en el Instituto de Altos Estudios de la Cinematografía, en el que permanece hasta 1983 y empieza una carrera de asistente de director, trabajando entre otros con Fernando Trueba en El Sueño del mono loco, 1990), adquiriendo la experiencia necesaria para pasar a la dirección, donde debuta con Traidor (1993), a la que siguen El tren de la vida (1998), Vete y vive (2004) y El concierto (2009) antes de llega a La fuente de las mujeres. Mihaileanu es un creador minucioso, de los que piensan con detenimiento y método la obra a realizar. “Reflexiono varios meses, incluso años, antes de desarrollar un proyecto. Al cabo de un tiempo, es como si el tema me cogiese de la mano y me llevara consigo. En ese momento, suelo escribir una sinopsis de unas diez páginas y Alain-Michel Blanc, mi coguionista, y yo, empezamos a investigar”.

Esta es una de las características esenciales de su trabajo y queda patente de forma muy clara en La fuente de las mujeres, donde la anécdota argumental, con su importante carga de feminismo reivindicativo, está ambientada en un espacio geográfico del norte de África, que el equipo de producción de la película estudió a fondo, documentándose ampliamente para recoger la esencia étnica de ese lugar. Precisamente el componente ambiental, de un extraordinario colorido, basado en el conocimiento de costumbres seculares, es uno de los elementos más destacados de la película. Ya desde el comienzo se nos dice claramente que la historia es un cuento que puede encontrar vinculaciones en “Las mil y una noches” y de acuerdo con ese postulado inicial, fantasía y realidad van combinando sus ingredientes para avanzar en el relato, siempre desde una posición de simpatía hacia la intención de las mujeres, sin que se oculte en ningún momento el estado vejatorio en que la condición femenina se encuentra en casi todos los países islámicos. Pues aunque la película está tratada con benevolencia, el director no oculta en ningún momento su claro apoyo hacia las reivindicaciones de unas mujeres que se encuentran muy cerca de la modernidad.

21 de marzo: EL NIÑO DE LA BICICLETA

Título original: Le gamin au vélo. Nacionalidad: Bélgica, Francia, Italia. Directores: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne (2011). Producción: Les Films du Fleuve, RTBF, Wild Bucnh, Archipiel 35, France 2 Cinéma, Lucjy Red. Guion: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne. Fotografía: Alain Marcoen. Director artístico: Igor Gabriel. Montaje:Marie-Hélène Dozo. Actores: Cécile De France (Samantha), Thomas Doret (Cyril), Jérémie Renier (Guy), Fabrizio Rongione (librero), Egon Di Mateo (Wes), Oliver Gourmet (dueño del bar), Batiste Sornin y Samuel De Rijk (profesores). Duración: 87 minutos

Versión original con subtítulos en español

Gran Premio del Jurado en el festival de Cannes 2010

 

Cyril tiene casi 12 años y un único plan: encontrar al padre que le dejó temporalmente en un hogar infantil de acogida. Conoce por casualidad a Samantha, que tiene una peluquería. Samantha accede a que se quede con ella los fines de semana. Cyril no quiere reconocer el amor que Samantha siente por él, un amor que el niño necesita desesperadamente para calmar su rabia.

 Los hermanos Dardenne comenzaron a hacer películas narrativas y documentales en la década de los 70 del pasado siglo, época en la que promovieron la creación de la productora Derives, pero debieron pasar casi veinte años para que la atención de la crítica internacional se fijara en su trabajo, a partir de La promesa y dos años después ganaron la palma de oro en Cannes con Rosetta. Su cine se caracteriza por una tendencia naturalista que presta atención a la vida social de la clase media en su país, con especial referencia a los jóvenes, los emigrantes, los desarraigados en general.

Todo ello refleja su formación y crecimiento en la zona de Searing, inmediata a Lieja, de aspecto postindustrial en un paisaje nada amable. El peculiar estilo de los hermanos Dardenne (Jean Pierre nació en Engis, en 1951 y estudió arte dramático mientras que Luc, nacido en Awris, en 1954, ciudades ambas cercanas a Lieja, estudió Filosofía) ya pudimos contemplarlo en nuestro Cine Club la temporada anterior con El silencio de Lorna. Antes de ese título habían rodado varios cortometrajes a los que siguieron sus películas largas Flash (1987), Je pense á vous (1992). La promesa (1996), Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2005) y Dans l’obscurité (2007). En su nueva propuesta, El niño de la bicicleta, estos belgas inciden en la temática e incluso el planteamiento formal que hasta ahora les ha dado tan buenos resultados, quizá en aplicación de la máxima que sugiere no cambiar aquello que funciona, de manera que como escribió el crítico Aurélien le Genistrel tiempo atrás, “su mirada aguda y sin concesiones de la dimensión más dramática de nuestra época les convierte en los mejores cineastas realistas actuales”.

Fieles a esa vocación de buscar en sus relatos la vertiente más directa de vinculación con el realismo, en El niño de la bicicleta repiten unos elementos básicos que hasta ahora han funcionado perfectamente (y en este caso no se produce ninguna excepción) como son la presencia directa y sin tapujos de cuestiones sociales, familiares y personales, como son los problemas derivados de las relaciones personales, los sentimientos más íntimos, cuestiones derivadas del dinero y el trabajo, esto es, la vida misma, tal cual es, con sus matices. Todo ello tratado de una manera austera, sin alardes decorativos ni recursos estrambóticos pero también sin sentimentalismo bobalicón. En esa sencillez expositiva, en esa forma directa de exponer los hechos, se encuentran (al menos, mientras dure su atractivo) los elementos formales que hacen aceptable el cine de los Dardenne, que actúan ante sus personajes de una manera en apariencia distante, como si ellos no quisieran implicarse en lo que pasa ante sus cámaras, que actúan de la forma serena con que un espectador ajeno pudiera contemplar los hechos.